Abelardo sigue firme por la Patria
Abelardo de la Espriella podrá seguir usando el lema ¡Firme por la Patria! según sentenció la Corte Suprema
12 junio, 2026

Un tigre vestido de lobo: Columna de opinión del abogado y escritor, Rodrigo Zalabata Vega

Un tigre vestido de lobo, columna de opinión de Zalabata

En su columna de opinión, el abogado Rodrigo Zalabata Vega recurre a la figura de un «tigre vestido de lobo» para describir, desde una perspectiva crítica y metafórica, la irrupción política de Abelardo de la Espriella y su estrategia para abrirse paso en los escenarios electorales en Colombia.

Un tigre vestido de lobo

Opinión

Lunes, 15 de junio de 2026

Por: Rodrigo Zalabata Vega

Abogado y escritor colombiano

Si observamos el sigilo con que un tigre se asoma a tomar su presa, son los mismos modales de quien llega a la cena sin ser invitado cuando olfateó servida la
mesa. Lo cual desata una tempestad en calma, porque quienes fueron invitados
miran de reojo el plato del advenedizo que por suerte de un destino contrariado le
sirven repleto al hacerse confundir con el rey que llegó a coronar la fiesta.
Es el gran olfato político que hay que reconocerle al candidato Abelardo de la Espriella, el extraño “tigre” de luces de Bengala y pinta de lobo italiano, que en campaña para tomar la presidencia se nacionalizó como si fuera colombiano.

¿Qué hizo el tigre para devorarse por derecha la derecha devoradora de
Colombia?

El éxito de un tigre es saber mimetizarse antes de atacar por sorpresa, para cuando se dé cuenta ya estará en sus garras sin poder para escapar. Abelardo, sin despertarle, sospechas, se acercó al rey de la selva, Álvaro Uribe, un león viejo y cansado, a quien, en videos que grabó sinuosamente, se le vio peinarle la melena. Como los felinos suelen lamer a sus presas mientras las están devorando, le hacía regalos de basta finura a un campesino montaraz que se siente lucido con su carriel y poncho propio de las montañas paisas, al que orgullecía de verse mejor con él vestido italiano de etiqueta mediterránea. Le regalaba unas gafas de alta gama mientras, tal el viejo cuento de Caperucita Roja,
el lobo disfrazado de abuela buena le decía: “para verte mejor”; antes de contestarle la última pregunta fatal a la inocente niña para proceder a engullírsela.
Acomodarse un tigre al lado del león sin que éste vea atentado su reinado es cuestión de método. Si bien puede medir las circunstancias sin morir en el intento.
El tigre es un animal que, confiado en su extrema habilidad, caza y come solo. Reposado el león, confiado en su supremacía, predispone a su manada para que  cacen por él, en guardia sus leonas que circundan y atrapan las víctimas.
Tal cual se venían desarrollando los hechos políticos en Colombia. El joven Abelardo, en primos tiempos muy tieso y muy majo, rin rin renacuajo, ya mostraba su olfato de tigre para oler la sangre en la noticia. Sin que nadie lo conociera y ser del interés de nadie, aparecía de la nada en televisión para hablar de lo divino y lo humano. Como si la ropa le quedara pequeña al improviso filósofo patético, sin medias se endiosaba ateo e inexplicaba a Dios por encontrarse fuera de la razón.
Lo que sí explicaba su matrimonio, abordado el culto en la iglesia católica, como un rapto de estupidez llevado por la sinrazón del amor.
En cuanto lo humano, en trance la guerra, en tanto tasaba su precio a cambio de la paz a costo de llevar a los líderes guerrilleros de las FARC al congreso. En sano juicio defendía los derechos de los homosexuales llegado a otorgarles el derecho a la adopción de menores. Al entonces alcalde Gustavo Petro lo aclamaba como un hombre honesto persecutor de las mafias distritales. Hasta ese momento, su única contradicción visible era advertirse uribista en boga de un ideario liberal.
Ya en su vida privada, expuesta en espectáculo de circo, como un inocente pecado de niño contaba los gatos que explotaba en vuelo con voladores si no podían demostrarle entre todos, lista en mano, que alguno era el gato volador.
Era al mismo tiempo en que Álvaro Uribe, proclamado rey león, rugía ante la opinión pública con la amenaza de imponerle su ley a la ley de la selva. Aquel candidato que se eligió presidente, gracias al fracaso del proceso de paz en El Caguán, con la promesa contrariada de lograr la paz merced a la guerra.
La solución de gobierno consistía en corregir los problemas del país al don del zurriago de la autoridad, con el acento patriarcal del hacendado que a las cinco de la tarde recoge su ganadería al frente de los gritos de vaquería que aúpan por llevar sus animales en orden al corral, que buena falta les haría a los guerrilleros indómitos que salían humeantes de la selva, contrario sensu, a imponer la paz por las armas, en medio de un país expectante que se había hecho alrededor de la mesa de diálogos de paz, a la espera que acordaran el cese al fuego los combatientes, para así dar paso a la nación que construiría su propia Colombia.
La cuestión es que Álvaro Uribe se impuso corregir a Colombia pasando por alto las fallas de estructuración social en que se fundó, desde que sentaron bases unos salteadores de continente a continente, en manos de una fe que podía tomarse como propia la tierra ajena a cambio de un cielo por venir, si les permitía ocultar un crimen horrendo como un pecado de consciencia y declararlo inocente en secreto de confesión. Sobre ello levantaron la república sin siquiera conformarnos como nación. Nuestro pasado milenario, aborigen, de culturas astronómicas, fue borrado de tajo si queríamos ponernos al amparo de dios. Al pasar 200 años de vida republicana, el pueblo que había logrado su libertad es condenado a la miseria encadenado a una historia de sucesivas guerras. Así los herederos de la Corona del reino de dios se hicieron en esta vida al paraíso terrenal que habían prometido a los expulsados pecadores rumbo al más allá. El saldo histórico, resulta Colombia el primero en violencia en el mundo, el segundo de mayor concentración de la tierra en la Tierra y el tercero más inequitativo distribuida toda su riqueza y pobreza al mismo tiempo, la distancia
entre ricos y pobres del cielo a la Tierra; o bien y mal, entre el cielo y el infierno. En marcha su cruzada de salvación, Uribe sembró el territorio nacional de promesas de paz y desolación de guerra. La tierra ocultó muchos secretos que exhumados los restos humanos que callaron y cayeron comenzaron a cobrar vida.
Al pasar el futuro, llegó el momento en que Álvaro Uribe entró en contradicción
con su pasado, es ahí donde se hizo presente Abelardo De la Espriella. Bien sabía
que podía izar las banderas de sus ideales, si no se tienen en cuenta los miles de muertos que siguen apareciendo por todo el país, cuidado con su seguridad democrática, sin final de cuentas, en cuanto pudiera echarle tierra a la realidad.
Entre tanto prosélito, si sus fieles lo seguían viéndolo como el salvador de Colombia, avocado por el abogado defensor De la Espriella, con su olfato de tigre, olía el miedo y entendió que Álvaro Uribe era quien angustiaba un salvador.
Armar un juicio de valor fue todo un espectáculo. Llegar del extranjero y hacer acto de presencia revestido de tigre de Bengala de la India, entre indios, vestido de lobo siberiano, entre corronchos, imponía autoridad y llamaba a la atención. Arribado el tigre a su patria ajena, vino filmado en videos mimetizado para que lo vieran a él y a Álvaro Uribe como el mismo, luego podría hacerse pasar por el rey León, consabido que lo seguiría la manada, rodeado de las leonas María Fernanda Cabal, Paloma Valencia y Paola Holguín, que, cautivas por la fuerza de su autoridad, lo protegerían siempre y cazarían por él hasta la muerte. Confiadas entre ellas que una heredaría el trono en una selva patriarcal podría acabar su ilusión. Por su parte, lo intentó Vicky y terminó entre risas de los monos. Fue el preciso instante que aprovechó el tigre para saltar oportuno en el medio que le era propicio. Llegó directo a defender con fiereza los ideales de Uribe porque como abogado defensor no podían achacarle los muertos de su defendido. Su estrategia seguía los mismos pasos de un tigre, que caza solo por su habilidad y sorpresa que por la fuerza que suman el león con sus leonas. Por eso estudia primero la presa que va a servirle la cena. Cuando vino por Colombia tenía entendido que su nación había sido educada bajo el temor de un dios castigador que no correspondía a la imagen de un dios castigado en una cruz, por cuya humildad desdeñó los bienes terrenales con los lujos del oro y el oropel con que los fatuos se visten, si su reino no era de este mundo. De tal suerte que por una
parte les hicieron creer que no necesitaban la riqueza paradisíaca de su país, mientras por otra les hacían sentir que la pobreza la merecían de castigo.
Es por lo que el tigre, ya convertido a la fe de los cristianos que en otros tiempos devoraba, hoy les habla a los colombianos sin ocultarles nada de sus intenciones, conscientes son que lo tienen bien merecido. Con apetito de gran felino ha prometido destripar por derecha a todo aquel a la izquierda de su camino real. Al país de la belleza ha amenazado con hacerle cicatrices en su rostro y quebrarle el espinazo si por sus riquezas tiene que sacarle los huevos a la gallina de los huevos de oro. Bien sabe cómo hablarle a una nación que le sobrevino la modernidad en frente del televisor y de espalda al cuadro del Sagrado Corazón de Jesús colgado en la pared, quienes entienden mejor la realidad que se simula en un reality show que la realidad que viven por fuera de la televisión.
Pero la amenaza del tigre no para aquí. Quizás por asimilarse a las leonas que le dan de comer a quien les brinda la seguridad, Abelardo quiere cazar a Colombia para llevársela al autoproclamado rey de la selva en el trono del norte, Donald Trump, de melena dorada, a quien un tigre acomplejado debe ver como el rey sol. Y no es extraño, Abelardo nació en Bogotá, de padres costeños, pero recuerda tener ancestros en la patria chica a toda parte donde llega. Así también cuenta con
la nacionalidad italiana de donde trajo el traje de su elegancia transnacional. Como en un supermercado también adquirió la nacionalidad norteamericana, a la que juró defender, así fuera contra su misma nación, adjurando de la patria donde nació. Si bien jura en campaña presidencial estar “Firme por la patria”, por tantas nacionalidades más bien parece un patriota en busca de patria. Como si persuadiera al jurado de consciencia, Abelardo, acusado de decir tantas
cosas, es defendido por el abogado De la Espriella cuando dice todo lo contrario. Con lo que da a entender que estaría dispuesto a todo, hasta causar la muerte a todo aquel que se oponga a su legítima autodefensa; y eso, para el colombiano que se confiesa pecador los domingos, es más importante que decir la verdad. Él mismo, ha contado con la rara virtud de bañarse en éxitos incalculables a costa de la perdición de sus clientes. Dios no quiera que ganemos un jeque jaque mate, bañado en oro, y que perdamos el oro de Santurbán y el petróleo de Colombia.
En Colombia se quiere arreglar con golpes de pecho y flagelación lo que no se nos ha inculcado con el ejemplo. Como si nos redimiera del pecado original al haber nacido en el paraíso terrenal, hoy nos ha llegado un tigre vestido de lobo que predica orondo ante el rebaño de ovejas, como si orara un cordero de dios que bendice su alimento cuando encuentra servida la mesa.

Columnista invitado por el HOME NOTICIAS

Rodrigo Zalabata Vega

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La piedra en el zapato de Dios, columna de opinión del abogado y escritor Rodrigo Zalabata Vega

 

Leonidas Medina Jiménez
Leonidas Medina Jiménez
Editor general

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