Prometeo encadenado
Opinión
Lunes, 28 de septiembre de 2026

Por: Rodrigo Zalabata Vega
Abogado y escritor colombiano
Enfrentado a sus propias promesas de devolverle a Colombia lo que nunca ha tenido, seguridad, el presidente Abelardo De la Espriella está transmitiendo una imagen que fuerza mostrarse seguro. Vestido de ocasión, como suele, esta vez ha escogido un traje militar, de grado sumo, presta el servicio de modelo, pasando revista con un saludo de milicia de campaña, camuflado sin camuflado, cuyo diseño sobre medida lo lleva a representar la etiqueta del comandante en jefe de las fuerzas militares de Colombia.
Haber ganado la partida presidencial con la camiseta de la Selección Colombia, sin que le guste el fútbol siquiera, sudándola como si fuera su partido político, le debe haber creado la idea de que, como suele suceder con la propia selección, así no haya ganado nada, sus mismos jugadores se creen campeones cada vez que han sido eliminados, se creen ricos después de haberse salvado de ser pobres de nacimiento, o incluso se creen buenos porque les pagan los dueños del negocio y no por los millones que dejan de comer para poder consumir el fútbol que se sirve en la bandeja de los estadios, por el cual se desviven.
Así mismo se vestimentó como un marrano converso después de haber sido ateo, cruzado los límites de la fe que recupera los lugares sagrados, asistiendo a cada templo con el santo y seña, así reza a dioses distintos.
Lo cierto es que lo que muestra el presidente De la Espriella tiene que ver más con su imagen que con su gobierno. Lucir un vestido militar sobre la primera autoridad civil, quien no pagó el servicio, revela el sueño frustrado de una mente en estado de sitio.
Como parte del kit militar que modela consigo, carga un walkie-talkie (boquitoqui) por el que no habla, que es más bien usado por los vigilantes de condominios; una pistola que no dispara, ya que no ha obtenido salvoconducto; un vestido tan bien planchado y sin arruga que parece no haber resistido el primer ejercicio militar.
También se ha mostrado vestido de académico en el evento de inaugurar colegios que construyó el anterior gobierno, vestido de blanco de la paz de los sueños con que se recibe de bachiller.
Pero es tal su delirio divino que se le ha visto caminar entre cadáveres, a los que ha fulminado sin que se haya escuchado ningún disparo, cual Zeus con sus rayos, mostrados como basura en bolsas blancas, como un gesto humanitario, bendito al que maldice, en medio de discursos innecesarios, en los que con un regaño atronador les dice: «y eso es para que no lo vuelvan a hacer».
Para que se vayan regañados al más allá y no les dé ganas de regresar a este infierno que ha creado en vez de cielo.
Así se le vio llegar de noche en trote militar por Santa Marta, sin una gota de sudor en su planchado vestido de última hora, en medio de las calles vacías del paro armado que había decretado el paraestado delincuencial que gobierna en la oscuridad, aquella ciudad que de día se presta para los turistas.
O tal vez el hoy presidente de Colombia bien podría representar a Prometeo de la mitología griega, aquel dios desgraciado que robó el fuego sagrado de los dioses para liberar a los hombres y fue condenado a vivir encadenado, tal cual se le ve mentalmente a De la Espriella con rituales como el Salvador.
Porque basta ver su última actuación en público, al filmar la extradición del presunto narcotraficante alias «Araña», capturado por el gobierno anterior, de puño y letra de quien fuera un próspero abogado penalista defensor de los más poderosos delincuentes que podían pagar con dinero hasta sus condenas. Para verlo ahora acusar, como si fuera fiscal o juez, a un pobre delincuente, sin presunción de inocencia ya que no ha sido condenado aún por la justicia extranjera a la que se envía envuelto en cadenas, al que trataba de alimaña y casi desafiaba a los puños al firmar, sin darle su derecho a la defensa a quien sí estaba físicamente encadenado.
Columnista invitado por el HOME NOTICIAS
Rodrigo Zalabata Vega
E–mail: rodrigozalabata@gmail.com
Un tigre vestido de lobo: Columna de opinión del abogado y escritor, Rodrigo Zalabata Vega