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17 octubre, 2026
PIERO
Opinión
Domingo, 18 de octubre de 2026

Por: Rodrigo Zalabata Vega
Abogado y escritor colombiano
La noticia llegó sin sobresaltos, quizás por su misma humildad habíamos convivido con su inmortalidad cotidiana, como si todo lo grande que se dijera sobre él, una vida transmitida voz a voz, se hubiera suscitado más allá de ser un buen vecino. “Murió Piero”, nos dábamos el sentido pésame entre voces serenas, si ya había entregado su cuerpo descendido a la Tierra sus generaciones llevamos en hombros su memoria insepulta, en gracia del querido viejo que asume el sufrimiento de sus hijos para que no sufran cuando muera.
Fue el sentimiento continental que compartimos con el mundo. Nacido en Italia, vieja patria del genovés, inmigrado lo adoptó Argentina, Colombia le dio nacionalidad, amado en el país que enarboló sus banderas, si se quiere en verdad llegó a ser el anhelado descubridor de América, porque si, para los europeos, Colón descubrió el continente, para los que nos levantamos con su canto Piero saco a flote el contenido de América: el alma levantisca de sus naciones.
Piero llegó a trascender el mundo para quedarse en su pueblo, por eso nos extraña su partida. Su obra musical, o bien literaria, fue construida con tal poder de atracción que contraría las leyes del espectáculo que sostienen el estrellato. Con una voz susurrante que solo alcanzan a escuchar los enamorados al oído, pequeños ojos de niño que navegan en unos lentes ventrales, mirada su cordura de estudiante eterno de teología aureola su imagen de seminarista en trance de oración. De haber sido creado por creadores de imagen la vida artística de Piero hubiera nacido muerta, pero ocurrió el milagro colectivo que lo hizo realizarse, lo logró su gente por él, como se hacen los dioses del barro del barrio, aquellos iluminados que logran desentrañar el alma de su pueblo, los que antes de ascender descienden a darle la mano a los caídos. La única razón que explica haber llegado a trascender el ideal de un dios laico es que su obra digna, con una rebeldía contenida, naciera al interior de su mismo origen popular, y por ello se escuchara en el centro del bullicio del mercado, porque, así otros vociferaran y vendieran más, sobre el fruto de su sentimiento el pueblo no se deja engañar.
Y en realidad fue un milagro que Piero sobreviviera en medio de la guerra fría. Cuando ya el mundo se resignaba y persignaba al quedar a merced de los imperios que rugían con sus bombas, entrabados entre misiles, que podían fungir como Caín con su hermano y extinguir la humanidad, se escuchó el canto apacible de Piero que los desafiaba con su sola guitarra a ganar la paz de la Tierra.

Su obra es leve pero profunda, como un manantial, que nos sumerge como un bautizo para emerger renacidos, libres del pecado de la indolencia. La canción “Mi viejo”, una misa de comunión con el padre, cuyo sermón nos hace conscientes a tiempo que nos aguarda la vejez. Al tratar cualquier tema su tema era el amor por los demás, por ellos nos regala “Miedo niño”, “Llegando, llegaste”, “Fumemos un cigarrillo”, “En un mundo de fruta encendida”, “Juan Boliche”, “De vez en cuando viene bien dormir”, sinceras cartillas de educación sentimental. En lugar de la guerra explota su corazón cuando se enarbolan sus canciones de protesta emblemática como un grito de paz, “Pedro Nadie”, “Para el pueblo lo que es del Pueblo”, “Soy pan, soy paz, soy más” y “Los americanos”; entre otras, no eran éxitos de farándula como se cuantificarían hoy, sino testimonios del tiempo.
En un mundo amenazado por el exterminio, los años 60 y 70 conformaron una geografía emocional en donde España y América se conquistaban de consuno al canto de la balada. Si bien lo acompañaron grandiosos cantantes; Leonardo Favio, Leo Dan, José José, Roberto Carlos, Víctor Jara, Camilo Sexto, Raphael, Julio Iglesias, Juan Gabriel; fue Piero, de la mano con Mercedes Sosa, en medio de la música del caribe, el epicentro del sentimiento latinoamericano.
En mi generación colegial ochentera, cuando aún nos sacaba la piedra las injusticias del mundo, se levantó la voz de Piero como un líder estudiantil, quien al escucharlo sentíamos que nos impulsaba a ser las mejores personas en el mañana, una revolución espiritual que nos armaba de amor y querer llevar a cabo. Lo seguimos entonces, Joaco, Edilberto, Javier, Rafico, Alex, Carlos “Cayo”, Jorge Luis; Everardo y “Chiche”, nacieron dos magníficos poetas vallenatos inspirados por Piero. Nos reuníamos en parrandas profanas en Valledupar a escuchar baladas que sintonizábamos con el vallenato. Compartir esa subversión emocional en voz baja era como abrir un valle en el valle reinado por reyes vallenatos. Se hicieron médicos, ingenieros, abogados, empresarios y poetas, pero en verdad a todos los reconozco hoy como misioneros de profesión tras la huella de Piero.
Pasado mucho tiempo, cuando aparece el fantasma de la nostalgia, recordaba que al comienzo de tantos sueños por cumplir teníamos como un sueño imposible conocer a Piero. Pero me lo encontré en la utopía contraria. A Valledupar llegó Andy Fierro, un cantautor argentino trotamundos, quien después de dejar huella en fulgentes folclores que crean los distintos pueblos se sintió cautivo en el valle mitológico de los vallenatos, aquello que había leído como una fantasía de Macondo. Ya es conocido que cuenta, al poner pie en el mundo vallenato supo que no tenía más lugar a donde escapar de su milonga sentimental, porque era todo lo que quería conocer, un mundo más allá de la realidad que le aburría por todo el mundo. Entre tintos y mates tomamos el tema de Piero. Me contó que lo tenía por maestro y había logrado su amistad. Le confesé que era el ídolo que cargamos su alma mi generación de antaño. Y que daría la mano por darle la mano a Piero. Me contestó con una sorpresa pasmosa: “Piero ama el vallenato y tiene el sueño de llegar a su corazón”, “ha pasado por estas tierras, pero no se ha atrevido a arribar”, “vos no te imaginás su bonhomía y humildad”, “yo lo idealizaba igual que tú, pero cuando lo conocí lo pude querer de verdad”, “llevo varios años tratando de convencerlo de que grabemos vallenato”, “vos no te preocupés que no tenés que dar la mano para darle la mano, lo conocerás de primera mano”.

Como una nota llegó el momento preciso en Bogotá. El día menos pensado me llamó Andy: “Venite pal hotel que Piero te quiere conocer”. Por la manera sentí que era una broma, como buen poeta sabía Andy no iba a desilusionar mi ideal. Encontré a Piero en una poltrona del dios poético de mis nostalgias; se paró de inmediato como si me obedeciera; le salí al paso con grandilocuencia y protocolo, “maestro, es un honor conocerlo”; su respuesta me dejó sin palabras: “el honor es para mí”. Al sentir su mano no sentía la mía, pero fue como una transfusión de sangre, porque me sentí admirado y querido por todo el mundo, si en el universo de las estrellas sólo era conocido por él que me acababa de conocer.
Ese instante feliz fue como si se alinearan las estrellas, yo cumplí el sueño de conocer a Piero, Andy ya vivía su sueño en el valle inmortal de los vallenatos, mientras se aprestaba a hacerle cumplir a Piero el sueño de cantar vallenato. Lo logró. Con su humildad sublime Piero se entregó al vallenato como “El regalao”, una canción de su autoría cantada a dúo con Andy, la cual se dio a la luz como un preludio a seguir su inmortalidad seis días antes de abandonar esta Tierra.
Conocer a Piero fue una experiencia de otro mundo, porque después de endiosarlo como se elevan los artistas de sus discos, me suscitó una reflexión teológica: ¿Por qué endiosamos a los dioses si en esencia debieran ser humildes? Bien lo aconsejaba el grandioso poeta Walt Whitman: “seamos dioses de hecho”. Lo ideal en Piero es que su obra está imbricada con su obrar. Si la inmortalidad no fuera una condición divina, sino que se alcanzara por cómo obras en los que creen en ti, ya que lo tienen de su lado, los dioses deberían tomar el ejemplo de Piero.
Columnista invitado por el HOME NOTICIAS
Rodrigo Zalabata Vega
E–mail: rodrigozalabata@gmail.com